Hablar del amor es todo un
tema. La mayoría decimos amar pero en realidad no hay una definición concreta y
unificada que sustente ese término tan popular.
Romances cinematográficos
hay miles, pero yo tengo grabados en la memoria títulos que han perdurado en mi
alma como El Apartamento (Billy
Wilder, 1960), Casablanca (Michael
Curtiz, 1942) y Deseando Amar (Wong
Kar-Wai, 2000), películas que me cuentan historias de amor universales, algunas
en clave de comedia y otras en drama, en donde no propiamente cabe el escenario
idílico del amor eterno de los cuentos de princesas estilo Disney. Creo que la
principal característica de los romances cinematográficos que me atraen es que
durante la trama se van tejiendo cadenciosamente, poco a poco, hipnotizándome
como espectador y poniéndome en posición de añorar que se consuma esa afinidad
entre los protagonistas.
Dos
ópticas sobre un mismo concepto
Tal cual lo he mencionado
desde el principio, hablar de amor no es referirnos a términos concretos y
mucho menos específicos, a lo peor divagamos sobre sensaciones que nos
representan alguna culminación existencial, un motor para vivir.
En recientes fechas me
vinieron a la mente dos películas con algunas similitudes pero con notables
diferencias sobre el concepto del amor. Se trata de dos adaptaciones de novelas
llevadas al celuloide: Los Puentes de
Madison (Clint Eastwood, 1995) y Diario
de Una Pasión (Nick Cassavetes, 2004). En ambos casos no leí las obras
seminales, tengo que aclararlo; igual cundo se trata de hacer crítica sobre
adaptaciones me apego específicamente al proyecto cinematográfico, entendiendo
que es una creación ajena a la idea inicial que quizá fue plasmada desde la
literatura.
Los
Puentes de Madison nos cuenta la historia de una madre de
familia campirana (Meryl Streep), misma que lleva una vida rutinaria al lado de
su marido y sus hijos. Las cosas se salen del control cotidiano cuando marido e
hijos salen por unos días de la granja en donde viven, quedándose la mujer (una
cuarentona ella) sola en casa por unos días. En esas fechas ella recibe la
visita de un fotógrafo (Clint Eastwood), una persona con quien llegará
experimentar emociones erótico-románticas que nunca antes había vivido.
Por su parte, Diario de Una Pasión nos remite al
romance veraniego entre dos jóvenes, mismo que se verá obstruido por las
diferencias socioeconómicas; ella (Rachel McAdams) pertenece a la clase
aristócrata y él (Ryan Gosling) es un carpintero. Hay encuentros y
desencuentros y sólo el tiempo dictará qué tan intenso es ese sentimiento
mutuo.
Quien ha visto los dos
filmes se habrá dado cuenta que los dos están narrados a través de flashbacks,
con constantes cambios de temporalidad (del presente al pasado y viceversa). En los Puentes de Madison esta condición
es meramente referencial, para nada influyente en la trama, sin embargo, en Diario de una Pasión el presente tiene
todo que ver con el pasado, es parte de la trama que se nos está contando,
sustancia preponderante para el efecto final de lo que se nos cuenta.
Si en la narrativa tienen
similitudes las dos cintas referidas, es en el propio concepto de amor en el
punto en el que marcan sus notables diferencias. Mientras que en Los Puentes de Madison nos cuentan que
el culmen de esa sensación de afinidad, cariño y deseo de una persona hacia a
otra pertenece sólo a un breve instante, a un momento finito de la existencia
en donde la llama se enciende con mayor intensidad (sólo reviviéndola a partir
del recuerdo), en Diario de Una Pasión
se empeñan en comunicarnos que el verdadero amor es eterno, que es capaz de
hacer milagros.
No sé cuál tendrá la razón respecto a la verdadera esencia del amor, lo que sí puedo reconocer es que cada que recuerdo Los Puentes de Madison se me hace un nudo en la garganta y mi cuerpo se estremece, para mí es toda una obra mayor, a diferencia de Diario de Una Pasión, película a la cual no veo más que como un drama romántico para adolescentes, bien contado, pero que se me evapora en cuanto termina la proyección.



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