Siempre que leo reseñas o críticas sobre películas
que llevan la firma de David Cronenberg, lo que más me atrae de ellas son los
argumentos que el cineasta canadiense toma de base para sus desarrollarlas. Ya
después viene el problema del guión y de la conjugación fílmica.
Cronenberg a lo largo de su trayectoria me ha hecho
lo mismo dormir que gozar. La Mosca (1986) y Una
Historia Violenta (2005), en diferentes registros, son de la parte que
más me gusta del director porque, más allá de cualquier indicio de cine de
autor (que lo tienen), son filmes que cuentan una historia con precisión
narrativa; en la primera sin abusar de las amplias posibilidades de la ciencia
ficción y, en la segunda, jugando con un tono realista sin que esto suponga la monotonía.
En cambio, como representantes del lado soporífero
de su obra, películas como El Almuerzo Desnudo (1991) o Un
Método Peligroso (2011), a pesar de poseer premisas sumamente
atractivas, realmente el lenguaje fílmico y el tratamiento del guión me parecen
ejemplos de cómo el director no tenía en el fondo nada que comunicar,
desembocando en dos adaptaciones de novelas (de William Burroughs y de
Christopher Hampton, respectivamente) simplemente vacías.
La única cinta que a la fecha no sé de qué lado
ponerla es Crash (1996), de la cual sólo recuerdo que me
impresionó en su visión decadente del ser humano o, desde otra perspectiva, la
exploración a las pasiones más confusas del ser.
Hace unos días vi con mucha expectativa una de las
cintas que supuestamente le dio consolidación internacional al cineasta en
cuestión: Cromosoma 3 (The Brood, 1979).
La película va de un matrimonio
al borde del rompimiento, toda vez que la mujer (Samantha Eggar) padece de trastornos
psicológicos, por lo que ha tenido que ser recluida en un centro psiquiátrico.
En ese lugar, un psiquiatra (Oliver Reed) parece haber encontrado un
tratamiento poco convencional, que combina la hipnosis con una rara
somatización de los problemas psíquicos a nivel corporal. El esposo de la mujer
recluida (Art Hindle) sospecha que los métodos empleados por el médico
conllevan una dosis de peligro, toda vez que la hija del matrimonio (Cindy
Hinds), cuando regresa a casa después de visitar a su madre, presenta signos de
violencia corporales.
Paralelo a lo anterior, la cinta
nos muestra cómo gente cercana al matrimonio es asesinada por una persona,
aparentemente un niño, pero que tiene conductas un tanto bestiales.
David Cronenberg prepara la
historia para regalarnos un desenlace insólito, algo rebuscado, pero que
responde a ese terror poco convencional que el canadiense hizo en algún momento
la firma de la casa: el terror biológico.
Cromosoma 3 es una película perfectamente delimitada; me
mantiene permanentemente con la expectativa de saber qué es lo que está
ocurriendo, al tiempo que casi todos los personajes tienen mucho misterio, ese
que te dan ganas de ir desenvolviendo al ritmo que el director te lo propone.
Y aunque no soy muy adepto a lo
gore, la sangre derramada en el filme tiene una correcta consecución, excesiva
y limitada en los momentos justos.
Me gustaría que David Cronenberg hiciera más películas como esta,
quizá con un argumento cortito y en algún lapso inverosímil, pero que terminas
gozándola la mayor parte del tiempo. Sin duda es el Cronenberg que más me
gusta.


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