sábado, 1 de junio de 2013

‘Topaz’: cuando Hitchcock cayó bajo


Afirmar que Alfred Hitchcock es uno de los cineastas más grandes que han existido no está sujeto a ningún tipo de consideración, es un principio irrefutable.

Títulos como La Soga (1948), La Ventana Indiscreta (1954) o Psicosis (1960) —y unas 15 películas más— lo ubican en una posición a la que muy pocos autores cinematográficos pueden aspirar. Y, por supuesto, Vértigo (1958) supone su pase al paraíso de los grandes artistas que ha dado la humanidad, un filme lleno de lirismo, intriga y complejidad moral.

Películas grandes tiene de sobra el cineasta oriundo de Londres, Inglaterra, pero la cosa se complica cuando se intentan encontrar puntos flacos en su filmografía.

Sin embargo, un director que filmó más de medio centenar de películas irremediablemente debió haber errado en alguna (claro está que no las he visto todas). Aunque es de considerar que una mala película de Hitchcock muy probablemente supere la media de calidad de otras películas.

Topaz (1969) se ubica contextualmente en la Guerra Fría, justo en el punto más álgido de ésta, en la famosa Crisis de los Misiles, conflicto generado a partir de que los Estados Unidos presuntamente descubrieron una base de armas nucleares soviéticas en la isla de Cuba. Esta circunstancia le sirvió al escritor estadounidense Leon Uris (1924-2003) para que en 1967 adaptara una novela sobre espías internacionales, a propósito el mencionado conflicto, llevándola al cine dos años después Hitchcock.


La cinta da seguimiento a un espía francés (Frederick Stafford) que, aliado con otro estadounidense (John Forsythe), buscan desenmascarar una red de espionaje mundial que trabaja para la Unión Soviética, intentando desenmarañar los planes de Moscú en Cuba, siempre teniendo como referencia la Crisis de los Misiles.


El filme da inicio con planos generales de un desfile soviético, en el que se puede apreciar un gran retrato en el que aparecen los rostros de Karl Marx, Friedrich Engels y Vladímir Lenin (iconos del comunismo). A partir de ahí ya sabes cómo se va a poner la cosa: una cinta hollywoodense de los años 60 en la que se traten temas ideológicos, en donde tenga injerencia algún elemento soviético, tienes claro que te van a hablar de buenos (Estados Unidos) y malos (URSS).

Efectivamente, es una tristeza que uno de los grandes maestros del cine haya caído en la tentación de  filmar un panfleto anticomunista con tal de prolongar su carrera fílmica. Es evidente que sir Alfred Hitchcock no lo necesitaba. Pero lo hizo.

Al margen del tufo maniqueísta, la película te atrapa, es un thriller político que te va dando ciertos giros argumentales.


Lo que sí es una verdad es que la conversión de novela a guión cinematográfico no permite establecer una conexión muy directa con los personajes, porque aunque uno sigue las andanzas del espía francés, hay otros personajes que aparecen y desaparecen por grandes tramos de la narración. Es el caso de un ex director de la KGB rusa (Per-Axel Arosenius) que en principio se nos presenta como personaje principal, mismo que harto del régimen soviético se vende a los estadounidenses a cambio de una vida nueva y próspera. Este individuo denota cierta preponderancia al inicio del relato pero, paulatinamente, va decayendo hasta posicionarse como un complemento de la cinta.


Me llamó la atención el empleo de imágenes de archivo utilizadas, al recrear en el filme un supuesto mitin en Cuba, en donde vemos, a la par de la recreación fílmica, fotogramas reales de Fidel Castro y Ernesto «El Che» Guevara. Destacar también el retrato barato y estereotipado de oficiales cubanos, todos ellos sudorosos, tiranos, bebedores y prepotentes.

Si se quiere ver algo positivo en Topaz tenemos que hacer un riguroso ejercicio de omisión ideológica en la trama, para ver la calidad de un relato a lo mucho mediocre, parido por alguien con quien los amantes del cine siempre estaremos en deuda.


Por mi parte, claro que le perdono a Alfred Hitchcock el haber creado tan bochornoso trabajo; reitero, después de haber filmado algo tan grandioso como Vértigo, el hombre quedó libre de toda culpa.

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