lunes, 19 de noviembre de 2012

‘Después de Lucía’: una completa tontería


Ya han pasado un par de semanas desde que acudí a la sala de cine para apreciar esa película que tanto dio de qué hablar en el Festival de Cannes, Después de Lucía, que incluso se hizo merecedora de uno de los premios satélite del certamen más importante del mundo, Un Certain Regard.

No voy a negar que no vi la película con un montón de prejuicios, particularmente debido a que la mitad del duopolio televisivo (o sea Televisa) al parecer compró sus derechos de distribución, aparte de que alguno de los trabajadores del gigante de las comunicaciones en México la señalaba como una maravilla, lo cual para mí quiere decir que tiende más a ser un fiasco que otra cosa. (Y lo fue). Aparte, el director de la cinta, Michel Franco, apareció recientemente en un spot alabando los logros de la administración federal encabezada por Felipe Calderón, por su apoyo a la producción fílmica, cosa que me fastidia.


Sin embargo, tampoco fueron escasas las críticas positivas de estudiosos del  cine (a quienes respeto y admiro) que daban el visto bueno al filme, cosa que me contrariaba.


Aquí vamos. Alejandra (Tessa Ia), una adolescente, perdió a su madre en un accidente. Ella y su padre (Hernan Mendoza) se mudan de Puerto Vallarta, Jalisco, a la ciudad de México, para tratar de olvidar las penas. La chica entra a una nueva escuela en donde, en un inicio, cae con un grupo de amiguillos (nivel económico alto) con quienes aparentemente entabla amistad. Sin embargo, un buen día, Alejandra sostiene relaciones sexuales con un compañero de clases, mismo que graba el acto con su celular, hecho que posteriormente verán todos los alumnos de su escuela en un video que fue subido a la Internet. Ella queda ridiculizada y, a partir de allí, comienzan las agresiones en su contra, materializándose ese tema tan de moda entre los estudiantes y los mass media: el bullying.

Después de Lucía me pareció un drama juvenil más cercano a esas series de TV nacionales en donde aparece la Virgen de Guadalupe, sólo que un poco subida de tono. Eso sí, con una caligrafía fílmica que intenta emular a gente contemporánea del cine nacional (muchos que, a su vez, erróneamente buscan copiar ciertas formas de narrar que usaban algunos maestros del cine) con desarrollos de la trama semilentos, actuaciones contenidas, diálogos escasos y una fotografía tan trabajada como depurada. Y todo en su conjunto me pareció una tomada de pelo.

¿Por qué considero a esta película una completa tontería?


Porque habla de malos y de buenos; de sádicos y de sufridos; trivializa los problemas de la adolescencia; busca imágenes morbosas pero, eso sí, sin retratar los órganos sexuales de los protagonistas (si es realista, qué importa que a alguno se le vea alguna parte); la relación padre-hija queda totalmente en el aire; las interpretaciones son tan contenidas que no te transmiten ni medio suspiro.


Más que una cinta destacada me pareció como si fuera un proyecto de fin de cursos realizado por un jovencito que, a lo mucho, sabe cómo contar una historia sin quedar en el ridículo, cosa que no exime al texto fílmico de ser mediocre.

Creo que fue Samuel Fuller (Underworld U.S.A., 1961) el que dijo que «las películas deben comenzar como un trueno y, de ahí, hacia arriba»; en todo caso, la cinta en cuestión se asemeja más a una flatulencia.

Para colmo, y como golpe final, «Después de Lucía» fue la seleccionada por México para contender por los premios Oscar del próximo año, para variar, omitiendo al que a mi entender es el mejor cineasta de estos años, Carlos Reygadas, quien, dicho sea, obtuvo en Cannes el premio al mejor director por su cinta «Post tenebras lux». 


Seguramente tiene posibilidades de obtener algo, su argumento es muy vendible; algunos docentes no tardan en ponerla de ejemplo.

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