Ya han pasado un par de semanas desde que acudí a la sala de cine para
apreciar esa película que tanto dio de qué hablar en el Festival de Cannes, Después de Lucía, que incluso se hizo merecedora de uno de los premios
satélite del certamen más importante del mundo, Un Certain Regard.
No voy a negar que no vi la película con un montón de prejuicios,
particularmente debido a que la mitad del duopolio televisivo (o sea Televisa)
al parecer compró sus derechos de distribución, aparte de que alguno de los
trabajadores del gigante de las comunicaciones en México la señalaba como una
maravilla, lo cual para mí quiere decir que tiende más a ser un fiasco que otra
cosa. (Y lo fue). Aparte, el director de la cinta, Michel Franco, apareció
recientemente en un spot alabando los logros de la administración federal
encabezada por Felipe Calderón, por su apoyo a la producción fílmica, cosa que
me fastidia.
Sin embargo, tampoco fueron escasas las críticas positivas de estudiosos
del cine (a quienes respeto y admiro) que daban el visto bueno al filme,
cosa que me contrariaba.
Aquí vamos. Alejandra (Tessa Ia),
una adolescente, perdió a su madre en un accidente. Ella y su padre (Hernan
Mendoza) se mudan de Puerto Vallarta, Jalisco, a la ciudad de México, para
tratar de olvidar las penas. La chica entra a una nueva escuela en donde, en un
inicio, cae con un grupo de amiguillos (nivel económico alto) con quienes
aparentemente entabla amistad. Sin embargo, un buen día, Alejandra sostiene
relaciones sexuales con un compañero de clases, mismo que graba el acto con su
celular, hecho que posteriormente verán todos los alumnos de su escuela en un
video que fue subido a la Internet. Ella queda ridiculizada y, a partir de
allí, comienzan las agresiones en su contra, materializándose ese tema tan de
moda entre los estudiantes y los mass media: el bullying.
Después de
Lucía me pareció un drama juvenil más cercano a esas series de TV nacionales
en donde aparece la Virgen de Guadalupe, sólo que un poco subida de tono. Eso
sí, con una caligrafía fílmica que intenta emular a gente contemporánea del
cine nacional (muchos que, a su vez, erróneamente buscan copiar ciertas formas
de narrar que usaban algunos maestros del cine) con desarrollos de la trama
semilentos, actuaciones contenidas, diálogos escasos y una fotografía tan
trabajada como depurada. Y todo en su conjunto me pareció una tomada de pelo.
¿Por qué considero a esta
película una completa tontería?
Porque habla de malos y de
buenos; de sádicos y de sufridos; trivializa los problemas de la adolescencia;
busca imágenes morbosas pero, eso sí, sin retratar los órganos sexuales de los
protagonistas (si es realista, qué importa que a alguno se le vea alguna
parte); la relación padre-hija queda totalmente en el aire; las
interpretaciones son tan contenidas que no te transmiten ni medio suspiro.
Más que
una cinta destacada me pareció como si fuera un proyecto de fin de cursos
realizado por un jovencito que, a lo mucho, sabe cómo contar una historia sin
quedar en el ridículo, cosa que no exime al texto fílmico de ser mediocre.
Creo
que fue Samuel Fuller (Underworld U.S.A., 1961) el que dijo que «las películas
deben comenzar como un trueno y, de ahí, hacia arriba»; en todo caso, la cinta
en cuestión se asemeja más a una flatulencia.
Para
colmo, y como golpe final, «Después de Lucía» fue la seleccionada por México
para contender por los premios Oscar del próximo año, para variar, omitiendo al
que a mi entender es el mejor cineasta de estos años, Carlos Reygadas, quien,
dicho sea, obtuvo en Cannes el premio al mejor director por su cinta «Post
tenebras lux».
Seguramente
tiene posibilidades de obtener algo, su argumento es muy vendible; algunos
docentes no tardan en ponerla de ejemplo.


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