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viernes, 3 de abril de 2015

Divergencia entre una vanguardista forma y un burdo fondo


Decía el escritor argentino Jorge Luis Borges que, en esencia, la historia de la literatura era la historia de no más de cinco metáforas contadas una y otra vez a lo largo de los años; el bien, el mal, la ambición, el poder y la traición. Y en el cine se podría aplicar algo parecido.

Haciendo una analogía de los grandes temas contenidos en los relatos producidos por el hombre a través del tiempo, y traspalándolos al arte de la imagen en movimiento, nos encontramos con casos de filmes que, en la forma, se pueden mostrar como dotados de originalidad pero que, en el fondo, echan mano de tramas harto célebres. Así, cuando vemos productos como E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), apenas y reparamos en que lo que nos cuenta puede suponer una reinterpretación a la vida de Cristo, acaso condensada, en donde un ser estelar llega a la tierra y, ante la incomprensión de la especie humana, es despojado de su vida, resucitando con posterioridad y regresando al mismo cielo que lo vio venir. También está aquel guiño cinematográfico a ese drama inmenso que es Hamlet (William Shakespeare), trasladada al lenguaje de la animación y codificada como filme infantil en la película de la casa Disney El rey león (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994), con ese triángulo familiar entre padre, hijo y tío disputando el trono de un reino. Incluso, en alguna parte leí que —para no sé quién— El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957) era una suerte de mezcla entre el Quijote de Cervantes y el Fausto de Goethe, bajo la óptica nihilista escandinava de mediados del siglo XX.