Decía el escritor argentino
Jorge Luis Borges que, en esencia, la historia de la literatura era la historia
de no más de cinco metáforas contadas una y otra vez a lo largo de los años; el
bien, el mal, la ambición, el poder y la traición. Y en el cine se podría
aplicar algo parecido.
Haciendo una analogía de los
grandes temas contenidos en los relatos producidos por el hombre a través del
tiempo, y traspalándolos al arte de la imagen en movimiento, nos encontramos
con casos de filmes que, en la forma, se pueden mostrar como dotados de
originalidad pero que, en el fondo, echan mano de tramas harto célebres. Así,
cuando vemos productos como E.T., el
extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), apenas y reparamos en que lo que
nos cuenta puede suponer una reinterpretación a la vida de Cristo, acaso
condensada, en donde un ser estelar llega a la tierra y, ante la incomprensión
de la especie humana, es despojado de su vida, resucitando con posterioridad y
regresando al mismo cielo que lo vio venir. También está aquel guiño
cinematográfico a ese drama inmenso que es Hamlet
(William Shakespeare), trasladada al lenguaje de la animación y codificada como
filme infantil en la película de la casa Disney El rey león (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994), con ese triángulo
familiar entre padre, hijo y tío disputando el trono de un reino. Incluso, en
alguna parte leí que —para no sé quién— El
séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957) era una suerte de mezcla entre el Quijote de Cervantes y el Fausto de Goethe, bajo la óptica
nihilista escandinava de mediados del siglo XX.
