martes, 23 de agosto de 2011

‘El ocaso de una estrella’: sobrevivientes y víctimas de la evolución


Recordar El Ocaso de una Estrella (Sunset Boulevard, 1950) siempre será rememorar el arte cinematográfico en estado puro y de primera categoría. Simplemente desde la secuencia de créditos la película transpira aires de autenticidad magistral, concebidos por un cineasta mayor que supo catapultarse en un entorno comercial y sobrevivir como uno de los más fuertes, ganando terreno con  cada cinta que agregaba a su prolífica filmografía: abran paso al gran Billy Wilder.


El Ocaso de una Estrella parte de esa terrible etapa de la vida en la que se experimenta un crepúsculo, existencial o profesional, una suerte de debacle natural propia de las leyes de la evolución. Billy Wilder lo entiende perfectamente bien y toma a grandes estrellas que precisamente advierten esa caída -cual ola “que cuando logra ser ya no es ninguna”-, identificándolos a plenitud: nombres como el de Gloria Swanson, Erich Von Stroheim y hasta el mismísimo Buster Keaton aparecen en sitios que 20 años antes no hubiesen sido imaginados (la cinta se ambienta a mediados del siglo XX).


Narrativamente es una obra que se cuece aparte, basta con atender que escuchamos la voz en off de un narrador fallecido y que el filme inicia con el final. La gran síntesis de la historia que se nos cuenta nos remite al llamado de Joe Gillis (William Holden), un  guionista más bien tendiente al fracaso, por parte de la olvidada actriz que un día fue grande, Norma Desmond (Swanson), en vísperas de que éste escriba un guión para una película cuya protagonista estelar sea nada menos que la decana intérprete, todo esto suscitado al interior de una vieja mansión ubicada precisamente en el Sunset Blvd. de Los Ángeles, California. Siempre en compañía de la dama Desmond y del mayordomo de ésta, Max (Von Stroheim), el joven Gillis paulatinamente irá descubriendo ciertas verdades en la vida de la ex diva, al tiempo que también encuentra en la prometida de su mejor amigo, Betty Schaefer (Nancy Olson), el apoyo perfecto y el amor auténtico para su desarrollo como guionista y como persona.


Sencillamente es una cinta toda crítica de una industria fílmica responsable de engendrar a grandes monstruos en el terreno de los productores, mismos que están ávidos de figurines inocuos y de historias que más bien sean funcionales (no necesariamente de orígenes artísticos) sin importar qué se puedan llevar por delante.


La aparición en la cinta de una figura tan representativa como Cecil B. DeMille (Los Diez Mandamientos, 1956) interpretándose a sí mismo, deja clara una de las múltiples lecturas de El Ocaso de una Estrella, al ni siquiera considerar para su filmación a Norma Desmond, siendo que ella pensaba sería la gran estrella en la próxima cinta del consagrado DeMille, únicamente citándola éste para pedirle prestado un automóvil de colección ideal para su película –una de las penas ajenas más grandes en la historia del cine-, concluyendo que no existe la compasión ni siquiera de aquellos que un día eran los amigos habituales. Al igual que Cantando Bajo la Lluvia (1952), El Ocaso de una Estrella es ese retrato de aquellos incapaces de soportar la “selección natural cinematográfica”, en este caso el hecho de caer en la transición del cine silente al sonoro, provocando esta etapa el derrumbe de numerosos colosos histriónicos, algunos también presentes en esta cinta: junto a Buster Keaton vemos a las estrellas del cine mudo H. B. Warner y Anna Q. Nilsson.


Razones para disfrutar una vez más El Ocaso de una Estrella sobran y llamados para invitar a que sea vista por primera vez no faltan, restando entonces decir que estamos ante una obra llena de paralelismos realidad-ficción, de reflexiones claras acerca de la evolución, de desencantos con una industria que limita a los auténticos creadores de cine y con, por lo menos, un par de interpretaciones que se emparejan con la perfección; por supuesto la actuación de Swanson y la de ese al que la historia todavía no le reconoce con la justicia debida, el genial Erich Von Stroheim.
  

Película de visionado imprescindible.


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