Recordar El Ocaso de una Estrella (Sunset
Boulevard, 1950) siempre será rememorar el arte cinematográfico en estado
puro y de primera categoría. Simplemente desde la secuencia de créditos la
película transpira aires de autenticidad magistral, concebidos por un cineasta
mayor que supo catapultarse en un entorno comercial y sobrevivir como uno de
los más fuertes, ganando terreno con cada cinta que agregaba a su
prolífica filmografía: abran paso al gran Billy Wilder.
Narrativamente es una obra
que se cuece aparte, basta con atender que escuchamos la voz en off de un
narrador fallecido y que el filme inicia con el final. La gran síntesis de la
historia que se nos cuenta nos remite al llamado de Joe Gillis (William
Holden), un guionista más bien tendiente
al fracaso, por parte de la olvidada actriz que un día fue grande, Norma
Desmond (Swanson), en vísperas de que éste escriba un guión para una película
cuya protagonista estelar sea nada menos que la decana intérprete, todo esto
suscitado al interior de una vieja mansión ubicada precisamente en el Sunset
Blvd. de Los Ángeles, California. Siempre en compañía de la dama Desmond y del
mayordomo de ésta, Max (Von Stroheim), el joven Gillis paulatinamente irá
descubriendo ciertas verdades en la vida de la ex diva, al tiempo que también
encuentra en la prometida de su mejor amigo, Betty Schaefer (Nancy Olson), el
apoyo perfecto y el amor auténtico para su desarrollo como guionista y como
persona.
Sencillamente es una cinta
toda crítica de una industria fílmica responsable de engendrar a grandes
monstruos en el terreno de los productores, mismos que están ávidos de
figurines inocuos y de historias que más bien sean funcionales (no
necesariamente de orígenes artísticos) sin importar qué se puedan llevar por
delante.
La
aparición en la cinta de una figura tan representativa como Cecil B. DeMille (Los Diez Mandamientos, 1956) interpretándose a sí
mismo, deja clara una de las múltiples lecturas de El Ocaso de una Estrella, al ni siquiera considerar
para su filmación a Norma Desmond, siendo que ella pensaba sería la gran
estrella en la próxima cinta del consagrado DeMille, únicamente citándola éste
para pedirle prestado un automóvil de colección ideal para su película –una de
las penas ajenas más grandes en la historia del cine-, concluyendo que no
existe la compasión ni siquiera de aquellos que un día eran los amigos
habituales. Al igual que Cantando Bajo la
Lluvia (1952), El Ocaso de una Estrella es ese retrato de aquellos
incapaces de soportar la “selección natural cinematográfica”, en este caso el
hecho de caer en la transición del cine silente al sonoro, provocando esta
etapa el derrumbe de numerosos colosos histriónicos, algunos también presentes
en esta cinta: junto a Buster Keaton vemos a las estrellas del cine mudo H. B.
Warner y Anna Q. Nilsson.
Razones para disfrutar una vez más El Ocaso de una
Estrella sobran y llamados para invitar a que sea vista por primera
vez no faltan, restando entonces decir que estamos ante una obra llena de
paralelismos realidad-ficción, de reflexiones claras acerca de la evolución, de
desencantos con una industria que limita a los auténticos creadores de cine y
con, por lo menos, un par de interpretaciones que se emparejan con la
perfección; por supuesto la actuación de Swanson y la de ese al que la historia
todavía no le reconoce con la justicia debida, el genial Erich Von Stroheim.
Película de visionado imprescindible.




Muy interesante señor!
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